No es por querer evocar recuerdos de la pandemia -créame que yo tampoco quisiera-, pero si usted rememora el 2020, una de las grandes preocupaciones de las empresas cinematográficas era encontrar una manera y película que pudiera ser lo suficientemente llamativa como para que la gente hiciera una escapadita de la cuarentena a una sala de cine para recordar la magia de aquél espacio que, al menos durante ese año, parecía ir en camino a la extinción. El determinar quién realmente salvó la distribución para salas no es motivo de este texto (personalmente, yo le agradecería a la absurda tercera parte del Espaidermam y a Battinson, pero insisto que no es ocasión), pero ciertamente no fue Christopher Nolan ni su desastrosa Tenet.
Fue el propio Nolan (con el apoyo de su productora Warner) quien lanzó una determinada campaña para motivar al público a creer que Tenet sería una experiencia tan alucinante que, sola solita, devolvería el impulso perdido al consumo en lugares físicos… Y no, no pasó. El fracaso -muy previsible- de su supuesta gran obra, junto con una decisión igual de previsible por parte de Warner de meter la cinta a plataformas digitales para ver si podían salvar algo de dinero perdido, motivaron a Nolan a quemar las naves y tomar sus efectos prácticos con los de la otra banqueta, Universal, para Oppenheimer.
Basada en el texto American Prometheus: The Triumph and Tragedy of J. Robert Oppenheimer escrito por Kai Bird y Martin J. Sherwin, Oppenheimer es una biopic de quien fuera el principal involucrado en la creación de la maldición armamentística más pesada para la humanidad: la bomba atómica.
Considero que el filme puede dividirse en tres grandes segmentos: la presentación de este opaco personaje fundamental para la historia humana, el proceso de creación del “dispositivo” y el juicio final contra JRO, el cual se atraviesa en diferentes puntos del desarrollo con una disruptiva (y bastante eficiente como recurso expresivo) fotografía a blanco y negro -o escala de grises, como te dijera tu amigo que estudió comunicación… o sea, yo-.
El primer gran segmento, el establecimiento de Oppie, es totalmente ascendente. Ahí se le expone como un hombre brillante, obstinado, presumidón, carismático, guapo todasmías (ojo que aquí eso no se maneja como una virtud), capaz de convertir un limón en un objeto cortante y destapar una cerveza con su párpado… Bueno, usted entiende. Pero, como sí se le muestra es como un comunistoide rojillo gustoso de la trova (je, je) con consciencia social, un elemento muy importante para el devenir de su tragedia.
Podemos notar elementos comunes de la película biográfica occidental (estadounidense, pa’ pronto): mostrar a la figura en cuestión como el/la mejor ser humano en la vida o como el mártir más grande -a veces ambas-, capaz de hacerlo todo y con mucho estilo. Si bien, las bases de esta introducción se mantienen a lo largo de la trama, sí se introducen matices importantes para, bueno, describir a un ser humano como su egolatría o la falta de claridad en sus relaciones afectivas. Esto es una virtud. Y, bueno, para los gringos ser comunista es como ser un multihomicida en potencia, así que tan solo manifestar esas tendencias como sólo eso, formas diferentes de concebir el mundo ideal, es una suerte de avance.
Para la segunda gran división que engloba el proceso de reclutamiento de Los Vengadores de la física cuántica, quiero destacar la fluidez del ritmo que dota el montaje y la selección de la banda sonora. No dar espacio para perder la atención en un pedazo considerablemente grande de la historia, donde se harán mención de varios conceptos avanzados, cifras, discusiones y demás, es una demostración de maniobras provechosas en los confines del cine narrativo, además de, como sucede con la presentación de Robert Oppenheimer, valerse de la posibilidad de modificar un tanto los sucesos en favor de un efecto dramático. Es decir, ¿realmente los intercambios en el equipo de teoría eran tan acalorados y con esa gracia? ¿Verdaderamente estas personas eran tan ingeniosas y tenían tanto verbo? Quién sabe, pero la película se da el beneficio de la duda y lo aprovecha para con nosotros. Valoro ésta como la mejor parte de la biopic, pues aquí se encuentra la maravillosa secuencia de la prueba de la bomba. Una de las mejores en la filmografía del director y la mejor del año de este lado del cine, en mi opinión. La cadencia, la actuación y la precisión emocional queda para un deslumbrante destello de los trucos del mejor Nolan, uno que ya tenía ratote sin aparecer. Hola, perdido.
Eso… hasta el desenlace de dicha secuencia, donde en algarabía levantan al triunfante científico en brazos con una bandera estadounidense ondeando en el fondo. Barato, baratito. Olvidaba que se trata de una biografía reivindicativa con mecanismos de propaganda. Digo esto porque este tipo de alzamiento a la democracia y al poder bélico gringo está salpicado en prácticamente todo. Más adelante hay una escena donde el protagonista, aún en medio de un feroz juicio para derrumbar su imagen, no puede evitar decir que “no puede contener su amor por este país”. Me doy de topes. Este tipo de trucos se sienten a destiempo para los claroscuros que ya se habían colocado a la persona de Robert Oppenheimer. Como si pudiera crear un arma letal, pero jamás sería un mal patriota. Si bien, esto no modifica extensamente mi percepción de la cinta, sí me medio-regresó a la realidad.
Para el tercer segmento, el que busca ser el más estrujante, viene la parte del proceso técnicamente legal que atraviesa Oppenheimer por su pasado revoltoso comunista. Aunque considere a la sección anterior como la más completa, es ésta tercera mi favorita, pues está basada casi enteramente en el diálogo y la gesticulación tenue, donde, a mi manera de verlo, se puede notar el mejor trabajo de un actor. Aquí quisiera destacar la mayor sorpresa de la producción: Robert Downey Jr., a quien le recordaron cómo actuar tras más de 10 años de no hacerlo. Su actuación como Lewis Strauss, alto funcionario de gobierno que está en medio de un proceso para ser ratificado dentro del gabinete presidencial de Dwight Eisenhower, es, de nuevo, inesperada. Contenida para un buen antagonista, pero lo suficientemente enérgica en congruencia con el momento histórico que se busca abordar.
Oppenheimer es una excelente vuelta a la forma de Christopher Nolan. En otras oportunidades, mencioné que me emocionaba el estreno de este filme, pues consideraba que Nolan ya había abandonado las ideas torcidas y los expermientos que, tal vez en esa ocasión, no tenía capacidad de lograr. Una cinta histórica basada en los personajes es justo lo que quería y lo entregó. Gran contraparte y complemento de Barbie; ambos proyectos conjuntan un interesante equilibrio no visto desde que estamos en el yugo de las megaproducciones absurdas y hegemónicas. Grande la estabilización, los matices, la posibilidad de elección y la diversidad en la oferta. Y, por supuesto, grande el Barbenheimer.

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